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La Muga es un río manso y elegante que baña algunos de los pueblos medievales con más encanto del Alt Empordà. Cuando desemboca en la bahía de Roses, da forma al fotogénico Parque Natural de los Aiguamolls de l'Empordà. Sin embargo, 60 km antes de convertirse en esta gran masa de agua, carrizo y lenguas de arena, ofrece una imagen alpina, rocosa y verde, cuando nace a más de mil metros de altitud en la frontera entre España y Francia, y entre las comarcas del Empordà y la Garrotxa. Al principio su caudal es escaso y hasta intermitente, pero cuando el curso vira hacia el sur, empieza la fiesta del agua.
Pocos parajes aglutinan tantas zonas de baño en tan poco espacio, tan distintas, tan accesibles y, a la vez, tan íntimas. La ruta que planteamos suma unos 8 km entre ida y vuelta, con unos 300 m de desnivel positivo acumulado, pero se puede reducir a distancias ridículas sin por ello dejar de disfrutar de pozas increíbles. De hecho, si se consigue plaza en alguno de los últimos aparcamientos, apenas habría que caminar unas decenas de metros para llegar a un paraje en el que hay piscinas naturales someras para estar tranquilamente en familia… o bien profundas para liberar adrenalina lanzándose al agua.
El punto de partida para abordar este paraíso es la diminuta localidad de Albanyà y, más concretamente, el aparcamiento que hay al poco de pasar el “camping” Taïga Bassegoda Park, una categoría que se le queda corta a este fortín de las vacaciones de verano. El paraje forma parte del Espacio de Interés Natural de la Alta Garrotxa, en particular de la Reserva Natural Parcial Muga-Albanyà, que protege los primeros 22 km del cauce desde San Llorenç de la Muga hasta el nacimiento. Para proteger este delicado ecosistema fluvial, se ruega que los bañistas no utilicen cremas y, además, hay control de acceso durante los meses de mayor afluencia.
Fuera de temporada, el acceso a las gorgas no está controlado y se puede subir en coche hasta alguno de los pequeños aparcamientos numerados (10) que hay por la pista asfaltada que sale desde el mencionado camping. Sin embargo, entre mediados de junio y mediados de septiembre, se prohíbe el acceso motorizado, siendo necesario reservar online una plaza de aparcamiento (6 € por coche) en el espacio habilitado que hay al inicio de la pista. Desde aquí hay unos 2,5 km muy sencillos hasta el passallís de la Molina, el paraje al que la gente normalmente se refiere cuando habla de las gorgas de la Muga, aunque las opciones van mucho más allá y aparecen antes incluso de llegar a este epicentro que puede estar algo masificado.
Esta zona del Prepirineo oriental está formada en buena parte por calizas plegadas y fracturadas. Son materiales duros pero vulnerables al trabajo paciente del agua, especialmente al de lluvias ligeramente acidificadas por el dióxido de carbono del aire y del suelo, que van disolviendo lentamente la roca, excavando barrancos, formando travertinos y puliendo esas cubetas que ofrecen unos baños naturales de cuento. Es un ecosistema sensible con barbos de montaña, salamandras o tritones, y una película de microorganismos cubriendo la caliza del fondo de las piscinas que participa en el equilibrio del río. Además, presenta la típica vegetación de ribera junto a grandes masas de pino, encina y roble que ofrecen sombra en buena parte del recorrido.
El camino hasta el passallís de la Molina es para todos los públicos. Poco antes de llegar, a mano derecha ya aparecen unas cuantas pozas para valientes. Una vez arriba, la única complicación es que hay que vadear el río sobre una roca en la que se corre el riesgo de resbalar, por lo que conviene llevar unas cangrejeras. Superado el escollo, se llega a una zona de baño extensa y somera, con rocas lisas en las que tumbarse a tomar el sol, además de zonas de sombra. Pero la propuesta es seguir un poco más adelante, salvando un tramo de unos pocos cientos de metros por un sendero algo incómodo pero que tiene premio.
Durante 1 km, el sendero va en paralelo al río Muga, ofreciendo multitud de zonas de baño parecidas a la anterior, someras y con zonas para descansar, aunque mucho menos masificadas. Luego el sendero desemboca en una pista forestal ancha y cómoda que toma cierta altura, apartándose ligeramente del curso del agua, para enseguida volver a acercarse y ofrecer, durante el cuarto y último kilómetro de la ruta propuesta, una traca final de gorgas que son las más atractivas de todo el curso, ya que presentan profundidad suficiente para saltar y nadar, además de más de intimidad.
Las pozas de la Muga justifican de sobra el viaje y el esfuerzo, aunque la aventura se puede aderezar con un poco de historia, cultura y patrimonio perdido dando un puñado de pasos más. Cuando la pista forestal languidece, a mano izquierda, aparece la silueta de un puente empedrado con tres arcos de medio punto. Su apariencia inequívocamente antigua lleva al engaño: el Pont del Bertran es una obra construida apenas en 1891 como paso de ganado y para dar servicio a masías como la vecina del Bertran, que da nombre al paraje. Lo que sí es bien antiguo, milenario, es lo que depara al cruzarlo: vestigios de la vida humana que el río permitió en estas montañas.
La primera pieza de ese viejo mundo es el Colomer del Bertran, una torre circular construida con piedras dispuestas en opus spicatum, o sea, con forma de espina de pez. Se trata de un palomar para obtener carne y estiércol con el que abonar los campos, icono de este rincón donde era imperativa la autosuficiencia. Unos 200 metros más allá, aparece el Casal del Serrat o Castell de Serrat, vestigio de una granja medieval que surgió probablemente en el siglo XI. Esta masía acorazada en un meandro de la Muga protegía una explotación rural que utilizaba el río como defensa natural y como fuente de vida, y que disponía de horno, molino, establos, bodegas, cisterna y el mencionado palomar.
El casal entró en declive a finales del siglo XV, en tiempos de las revueltas de los payeses durante las guerras remensas, aunque el palomar siguió en uso hasta el siglo XVIII. Luego, los carboneros fueron los últimos en explotar este paisaje que, finalmente, se apagó a mediados del siglo pasado y dejó el terreno expedito para veraneantes con ganas de una aventura bucólica. Bañarse se hace todavía más apetecible de regreso, después de conquistar las emotivas alturas del Casal del Serrat.
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